Millones de argentinos recurren a prácticas rituales y supersticiones para enfrentar la tensión de la inminente final mundial ante España. Desde mantener la misma vestimenta hasta no cambiar de asiento durante los partidos, estas cábalas se han convertido en parte fundamental de la experiencia futbolística nacional. El presidente Javier Milei reveló recientemente su propio ritual, asegurando que presenciará el encuentro desde la residencia presidencial exactamente como lo hizo en el primer partido, rechazando cualquier viaje al exterior para mantener la cadena de buena suerte. Entre los ciudadanos comunes, los ejemplos abundan. Andrés González, un contador de 48 años del barrio de Liniers, implementa una regla estricta en su hogar: ningún miembro de la familia puede abandonar su asiento una vez iniciado el partido, bajo amenaza de confinamiento temporal si es necesario. Estela Vargas, vendedora de 65 años, asegura que toda su familia viste idéntica ropa durante cada encuentro y mantiene a su bulldog inglés fuera del hogar, utilizando indumentaria argentina como compensación. En otro hogar, la suegra de Graciela Campos permanece alejada de la pantalla, ocupándose en tejer bufandas celeste y blancas en la cocina, interpretando cada gol gritado como puntos en su labor manual. Según el sociólogo Diego Murzi, estas prácticas trascienden lo lúdico y reflejan creencias arraigadas en la cultura futbolística argentina, conectadas con tradiciones paganas y veneración de figuras como Diego Maradona. Murzi destaca el caso de Carlos Bilardo, técnico campeón mundial en 1986, quien a pesar de su formación científica como médico, practicaba rituales extremos, como atender un teléfono que sonaba sin respuesta en los vestuarios antes de cada partido victorious.
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