«Coordinar es unir: mi alianza es con los que sirven».
— Marcelo Olán Mendoza
En política hay quienes confunden coordinar con mandar. Creen que llegar a una posición de liderazgo les da derecho a repartir espacios entre los amigos, cerrarles la puerta a quienes piensan diferente y convertir cualquier desacuerdo en una prueba de lealtad. Es una forma de ejercer el poder, sin duda, pero también una de las maneras más rápidas de dividir a una organización.
Coordinar debería significar otra cosa. Significa escuchar, acercar posiciones y lograr que personas con historias, intereses y opiniones distintas encuentren razones para trabajar juntas. No es sencillo. A veces exige más paciencia que autoridad y más capacidad de diálogo que fuerza política.
Morena, por lo menos en sus principios, tiene clara esa diferencia. Su Declaración de Principios establece que el ejercicio de cargos directivos «es incompatible con actitudes despóticas, facciosas, autoritarias y discriminatorias». Incluso habla de conducirse «con la alegre fraternidad que genera el esfuerzo compartido». Me parece una expresión particularmente afortunada, porque recuerda algo que suele olvidarse en las disputas internas: la política también puede ser un espacio de compañerismo, no solamente de competencia.
Y esa reflexión viene al caso ahora que Morena se prepara para los procesos de 2027. Las aspiraciones son legítimas, las diferencias son naturales y las inconformidades forman parte de cualquier organización viva. El problema comienza cuando la competencia deja heridas que después nadie quiere cerrar. No es casual que el Consejo Nacional haya establecido reglas para evitar los ataques entre compañeros. Alfonso Durazo lo expresó al hablar del desafío de procesar las aspiraciones «sin fragmentarnos, sin debilitarnos y sin poner en riesgo la confianza del pueblo».
En Reynosa, ese desafío tiene nombres, rostros e historias. Aquí hay gente que ha caminado con Morena desde sus primeros años, cuando participar significaba tocar puertas sin esperar recompensas. También hay servidores públicos, liderazgos de colonia, jóvenes que quieren abrirse camino y personas que se incorporaron después, convencidas de que podían aportar algo. No todos vienen del mismo grupo ni tienen las mismas simpatías. Y no tendrían por qué tenerlas.
Por eso me parece relevante lo que ha venido planteando Marcelo Olán Mendoza: «Coordinar es unir: mi alianza es con los que sirven».
La frase tiene algo que vale la pena examinar. Marcelo no está diciendo que su alianza sea con quienes lo apoyaron primero, con los que pertenecen a determinado grupo o con quienes tienen más influencia. Está poniendo sobre la mesa otro criterio: la disposición de servir.
Y esa diferencia, aunque parezca pequeña, cambia muchas cosas.
Conozco la importancia que Marcelo concede al trabajo social. En su fundación, según ha explicado, participan personas de distintos orígenes y maneras de pensar. No necesitan coincidir en todo. Lo que las reúne es algo bastante más concreto: las ganas de ayudar sin esperar un beneficio personal.
Hay un episodio que ilustra bien esa manera de trabajar. En 2018, mediante la colaboración de personas de la fundación y del Hospital Materno Infantil, se logró traer a Reynosa a un grupo de cirujanos para valorar a niños cuyas familias no tenían recursos para viajar o pagar tratamientos. Cerca de ochenta menores fueron aprobados para ser operados.
Detrás de una gestión así hay muchas voluntades. Médicos dispuestos a colaborar, personal hospitalario, voluntarios, familias y personas capaces de resolver dificultades que seguramente fueron apareciendo en el camino. Nada de eso ocurre porque alguien levante la voz y dé órdenes. Ocurre cuando se sabe convocar, generar confianza y conseguir que cada quien aporte lo que está a su alcance.
Esa experiencia dice más sobre la capacidad de coordinar que muchos discursos.
Desde luego, conducir una organización política es distinto de organizar una jornada de ayuda social. En la política hay intereses, ambiciones, diferencias ideológicas y viejas rivalidades. Sería ingenuo pensar que todo eso desaparece con una invitación a trabajar juntos. Pero precisamente por eso importa la manera de ejercer el liderazgo.
Un coordinador no puede darse el lujo de convertirse en jefe de una facción. Su responsabilidad es con el conjunto del movimiento, incluidos quienes no respaldaron su aspiración. Si llega pensando en cobrar agravios o premiar fidelidades, habrá empezado a debilitar aquello que se supone debe fortalecer.
Siempre he pensado que a un dirigente se le conoce mejor por el trato que da a quienes no estuvieron de su lado. Es fácil ser generoso con los amigos. Lo difícil es abrir espacios a quien compitió contigo, escuchar a quien te cuestionó y reconocer la capacidad de alguien que pertenece a otro grupo.
Ahí encuentro el mayor valor de la propuesta de Marcelo. La pertenencia no debería decidirse por los afectos personales, sino por la conducta. Quien quiera trabajar por Reynosa debe encontrar un lugar, independientemente de sus simpatías anteriores. Y quien solamente busque aprovecharse de una posición tendría que entender que el servicio público no es una oportunidad para servirse a sí mismo.
Claro que la unidad no puede quedarse en una frase bonita. Hemos escuchado demasiados llamados a la unidad que duran lo que tarda en terminar una asamblea. Después vienen los acuerdos entre unos cuantos, las exclusiones y las mismas disputas de siempre.
La unidad necesita trabajo, reglas claras y oportunidades reales de participación. Se construye cuando personas que antes competían comienzan a colaborar en una colonia, cuando una brigada reúne a militantes de distintos grupos o cuando una tarea comunitaria permite descubrir que existen más coincidencias de las que parecía.
Las asambleas son necesarias para discutir y tomar decisiones. Pero hay algo que también he aprendido: pocas cosas acercan tanto a las personas como hacer juntas algo útil para los demás.
Morena tendrá que elegir en Reynosa a quien sea capaz de asumir esa responsabilidad. Y la verdadera prueba no estará solamente en ganar una encuesta, sino en lo que suceda al día siguiente. Cuando haya que hablar con quienes perdieron, recuperar confianzas, reconocer trayectorias y construir un equipo en el que nadie tenga que renunciar a su dignidad para participar.
Creo que Marcelo Olán Mendoza tiene condiciones para hacerlo. No porque esté libre de dificultades ni porque la unidad dependa de una sola persona, sino porque su experiencia de trabajo social muestra una manera de relacionarse con los demás que puede ser valiosa para el momento que vive Morena.
Al final, coordinar no consiste en conseguir que todos obedezcan a uno. Consiste en lograr que personas distintas sean capaces de caminar hacia un propósito compartido.
Y en una ciudad como Reynosa, donde hacen falta tantas manos y tantas voluntades, saber unir puede ser mucho más importante que saber mandar.