El Prosecco trasciende la categoría de simple vino espumoso frutal y accesible. En el corazón del Véneto existe una denominación que representa la máxima expresión de esta bebida: Asolo Prosecco DOCG, ubicada en la provincia de Treviso, al sur de Valdobbiadene y separada por el río Piave. Según explican expertos como Giuseppe Carrus, editor de Vini d’Italia de Gambero Rosso, y Gianpaolo Giacobbo, catador y embajador del Consorcio de Asolo Prosecco, este vino es mucho más que una denominación: representa una geografía, una historia y una forma particular de interpretar el paisaje veneciano. El Consorcio de Asolo Prosecco se constituyó en 1985, consolidando una tradición vinícola que hunde sus raíces en la historia regional. Durante siglos, familias acomodadas procedentes de Venecia se instalaron en la zona, construyendo villas y trayendo consigo una sofisticada cultura de mesa donde la comida simbolizaba poder, refinamiento y estatus social. El territorio se caracteriza por un paisaje singular compuesto de colinas, arquitectura neoclásica, olivares, bosques y viñedos que conviven en equilibrio, generando una importante biodiversidad. Aunque Asolo comparte ciertos rasgos de suelo con Valdobbiadene, su clima difiere sustancialmente. Las colinas reciben influencias de dos frentes climáticos: los vientos que descienden desde las Dolomitas y las corrientes de aire que llegan desde el mar Adriático. Esta confluencia produce un clima moderado, libre de extremos, que permite una maduración óptima manteniendo la frescura característica que realza la expresión aromática. El sustrato es una mezcla de caliza, arcilla y sedimentos fósiles que contribuyen a la sensación mineral, fresca y levemente salina típica de las mejores etiquetas. La variedad principal es la Glera, que debe constituir mínimo el 85 por ciento del vino, completándose con Verdiso, Bianchetta Trevigiana, Perera y uvas internacionales como Pinot Blanc y Chardonnay. Muchas etiquetas destacan el término Sui Lieviti, refiriéndose a la segunda fermentación en botella con permanencia en lías, proceso que añade textura y complejidad. No obstante, la mayoría se produce mediante el método Martinotti o Charmat, presentando estilos desde Extra Brut hasta Dry. Octubre y noviembre constituyen los meses ideales para degustar estos vinos, cuando expresan con mayor nitidez sus notas balsámicas y minerales.
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