La celebración de un torneo mundial de futbol genera efectos que trascienden las canchas y se adentran en los espacios laborales. Cuando la Selección Mexicana disputa sus encuentros, los colaboradores experimentan cambios significativos en su estado emocional que repercuten directamente en el desempeño y la concentración dentro de la oficina. Tanto las alegrías de una victoria como las decepciones de una derrota permanecen en el cuerpo de los empleados mucho después de que termina el partido, incluso aquellos que no son aficionados al futbol se ven envueltos en este clima emocional colectivo. Las organizaciones enfrentan el desafío de reconocer y administrar adecuadamente estos cambios emocionales en lugar de ignorarlos. Según expertos en gestión empresarial, el cuerpo requiere aproximadamente 23 minutos para regularse después de vivir una experiencia tan intensa de euforia, adrenalina y gritos. Durante este período, los colaboradores no pueden reconcentrarse simplemente porque haya finalizado el partido, ya que su organismo continúa en estado de alteración. Esta realidad científica implica que programar reuniones o trabajos que requieran alta concentración inmediatamente después de un encuentro resulta contraproducente. Los especialistas en liderazgo recomiendan que los directivos se adapten al contexto emocional del momento. Si el desempeño del equipo nacional fue negativo, no es prudente convocar a juntas en ese instante. Por el contrario, si la victoria fue conseguida, los líderes pueden aprovechar el momentum positivo para actividades que se beneficien de esa energía. Un error frecuente en las organizaciones es suponer que la productividad permanece invariable independientemente de eventos de esta magnitud. La realidad indica que existe una conexión emocional profunda entre el desempeño de la Selección y el bienestar personal de los ciudadanos. Cuando al equipo le va bien, la sociedad experimenta un efecto positivo generalizado; cuando fracasa, el impacto negativo también es colectivo. Esto determina que los colaboradores no rindan igual en días de partido que en jornadas ordinarias, y es natural que experimenten distracción. Ante esta incertidumbre emocional, muchas empresas reaccionan ampliando mecanismos de control mediante más reuniones, reportes y supervisión. Sin embargo, esta estrategia suele ser contraproducente y agrava la situación. Cuando el entorno se vuelve inestable, aparece el temor a perder dominio sobre los procesos, lo que conduce a saturar con reuniones innecesarias, intensificando el caos. Los líderes modernos deben aceptar la volatilidad emocional como parte inevitable del período y adaptar sus estrategias en consecuencia, reconociendo que el compromiso de los equipos no se mide por la presencia física ni se comporta de forma uniforme en todos los miembros. Cabe señalar que eventos como el Mundial no disminuyen el compromiso organizacional, sino que revelan cuáles colaboradores ya estaban desconectados de sus labores.
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