Confiar en que la inversión privada impulse el crecimiento económico en México durante los próximos años resulta ingenuo si antes no se atienden los problemas de fondo que aquejan al país. La inseguridad en aumento, la corrupción generalizada, la expansión del narcotráfico a niveles sin precedentes, el deterioro del estado de derecho, el debilitamiento democrático y las deficiencias en salud y educación crean un escenario donde cualquier estrategia económica corre el riesgo de fracasar. Esta situación evoca la antigua metáfora bíblica del vino nuevo en odres viejos: cuando se vierte vino nuevo en un recipiente antiguo y frágil, el proceso de fermentación lo destroza, perdiéndose tanto el contenido como el contenedor. Así sucede cuando se pretende implementar medidas innovadoras sobre estructuras desgastadas y comprometidas. La historia mundial ofrece advertencias claras al respecto. La dinastía Manchú de China enfrentó este dilema durante el siglo diecinueve. Tras las Guerras del Opio que la obligaron a abrir sus puertos a potencias extranjeras, las invasiones militares de Japón y las rebeliones internas como la de los Boxers, el emperador Guangxu intentó modernizar radicalmente el imperio: reorganizó la burocracia, renovó la educación, impulsó la industria y transformó el ejército. Sus esfuerzos pretendían llevar a China hacia una monarquía constitucional. Sin embargo, la mentalidad centenaria de control absoluto y resistencia al cambio, sustentada por la Emperatriz Viuda Cixi, frustraron toda reforma. Cixi ordenó el envenenamiento del emperador y designó a un niño como sucesor. La dinastía se desmoronó en mil novecientos once. En Rusia, el Zar Alejandro II liberó a los siervos en mil ochocientos sesenta y uno, un año antes de que Estados Unidos aboliera la esclavitud. Pero esta reforma resultó superficial: los ex siervos recibieron tierras improductivas mientras permanecían endeudados con los nobles, impidiendo un verdadero cambio social.
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